Las tijeras chinas.


Cuando era un adolescente, en tiempo de vacaciones escolares mi hermano Carlos y yo acompañábamos a mi padre en su trabajo. Él era jardinero, por tanto, las tareas comunes eran cortar el pasto, podar árboles o enredaderas y aflojar la tierra del jardín para que se oxigenara. Era un trabajo arduo y extenuante, apremiado por las condiciones del tiempo, pero era también muy satisfactorio cuando veías la tarea realizada.

Mi padre tenía dos tijeras podadoras, una era americana y otra de manufactura china, la americana tenía los mangos de una madera dura y pesada, adecuada para ese trabajo riguroso. El acero de sus hojas también era pesado y cortaban a la primera. Las tijeras chinas, en cambio, tenían una madera bastante ligera y las hojas eran de una aleación de hierro que no se veían de mucha duración para la faena pesada. Cuando nos tocaba usarlas, mi hermano Carlos siempre tomaba las americanas, las mejores,  y a mi me dejaba las chinas. Eso me enojaba.

Hace unos días, veintitantos años después de lo que he contado, compré unas tijeras de podar para cortar el pequeño jardín de mi casa. Las más baratas eran de origen chino y me recordaron aquellas que tenía mi padre. Tenían las mismas características de fabricación, según creo, pero aun así las compré.

 Llegué a mi casa y me puse a trabajar, terminé muy cansado por la falta de costumbre y al final me senté en el pasto viendo el jardín recién podado. En la reflexión del cansancio, tal vez el mejor estado para reflexionar, recordé esos tiempos de trabajo en la adolescencia y me di cuenta de una cosa: mi hermano me quería (me quiere) mucho.

En ese trabajo de la jardinería, como cualquier otro que involucre el esfuerzo físico, las herramientas tienen mucho que ver. Entre más ligeras mejor. Si las herramientas son buenas y ligeras, puedes avanzar más y cansarte lo menos posible. Si son buenas, pero pesadas, acabarás desgastado. Carlos siempre tomabas las tijeras pesadas, siempre dejaba para mí las ligeras.

Hay momentos cuando queremos hacer fácil la vida de nuestros seres queridos, darles aquellos objetos que nosotros no hemos tenido o hacer valer nuestra experiencia en su vida para que no tengan los mismos tropiezos que nosotros.

Sin embargo, luchar por lo que queremos y equivocarnos en el intento nos fortalece, debemos darnos cuenta que nuestros seres amados deben tener lo que se merecen con su esfuerzo y deben vivir sus propios fracasos para que vivan sus propios triunfos. Tal vez lo único que realmente podemos hacer por ellos es darles las herramientas menos pesadas, cuando podamos hacerlo.

Esa será, tal vez, una de las muestras de amor más grandes que haremos o recibiremos en nuestra vida, si tenemos el espíritu abierto para darnos cuenta de ello, aunque sea dos décadas después.

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